“Ritual de atardeceres”, autora Aroa Algaba Granero

 

Atardecer, fotografía de Aroa Algaba Granero

     Ella estaba sentada de espaldas, con una venda de hierro que le oxidaba los ojos; conclusión: no podía ver el atardecer; placer olvidado por su metálica ceguera. Sin embargo, sus uñas tenían dibujados múltiples lunares mediante proceso misterioso. Siempre que le preguntaba el porqué, reía, con una risa ajada, mezcla de engranaje y pergamino roto. Me gustaba sentarme junto a ella y describirle los colores que arañaba la noche con sus garras. Todas las tardes repetía mi detallado dibujo del cielo. Era tan pequeña que no me costaba llevarla siempre conmigo, siempre acurrucada en mi herida sin cerrar. Solo la sacaba con cuidado en nuestros rituales de puesta de sol en la azotea. De vez en cuando escribía versos alrededor de sus pies descalzos, y yo los leía con una lupa para adivinar las letras. Me fascinaba el diminuto revoloteo del pincel cuando se pintaba poemas, sobre todo porque la venda de hierro seguía oxidando su mirar mientras tanto, y ella tan solo esbozaba una mueca irónica, un poco paraíso y un poco infierno, con truenos escondidos en las comisuras de sus labios. Era toda una artista. Y como tal, era hija de una herida y su casa era el huequito que había en mi pecho. Quizás yo le había puesto la venda en los ojos. Quizás yo quería que me describieran los atardeceres. Quizás el “yo” está cargado de pequeñas “ellas”. Quizás mientras escribo, no escribo y dejo en automático mis dedos ─sus dedos─ entre las teclas.

 

 

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