Entrevista al autor Benjamín Prado

Fotografía tomada durante la firma de ejemplares de Benjamín Prado.

Fotografía tomada durante la firma de ejemplares de Benjamín Prado.

Entrevista Benjamín Prado

Revista ©Anayita – Eres un escritor que se mueve bastante entre géneros, tocando el ensayo, lanarrativa y la poesía, tanto en papel como en colaboraciones en televisión. ¿Cuál fue el punto inicial de tu carrera como literato? ¿Hubo algún momento en el cual te lanzaste?

Benjamín Prado – Me imagino que hay una parte natural que a mí me intriga mucho que es la necesidad de opinar. Pero solo algunas personas tienen la necesidad de opinar en público. Yo siempre tuve las ganas de exponer mis opiniones en público. ¿El punto inicial? Más o menos a los 17 años tuve la suerte de encontrarme en un bar, lugar donde siempre empiezan las grandes amistades, con Rafael Alberti. En aquel momento era el Messi o el Cristiano Ronaldo de los poetas. Nos hicimos amigos, no sé por qué, y estuvimos catorce años juntos. Aprendí mucho de él y sobre todo vi que eso de ser poeta molaba mucho y mezclando eso con la necesidad de opinar, pues empezó todo. Se puede decir que la fortuna me acompañó.

R© – ¿Y es por eso que iniciaste tu carrera literaria con poesía?

BP- Yo lo que no pensaba escribir era novelas. Desde siempre me ha gustado la poesía, lo que pasa es que un día, mientras yo trabajaba en Diario 16, apareció el director de la Editorial Plaza & Janés y me propuso escribir una novela. Me pareció la idea más cretina que había oído en mi vida. A mí me gustaba la poesía, incluso podía plantearme escribir teatro. Me dijo que tenía mucho talento de narrador que había leído unos cuentos míos en la Revista El Europeo. La verdad es que esos cuentos salieron de una noche que estaba con unos amigos viendo el boxeo y uno de ellos era el director de la revista. Resultó que le faltaban seis páginas para cerrar el número y yo, en quince minutos, le escribí la historia. El caso es que al final me convenció y así nació mi primera novela Raro (1995). En mi opinión es una castaña, pero a la gente le gustó.

R© – Acabas de decir que tu primer contacto con el género narrativo en términos profesionales fue que alguien vino a decírtelo. Casualmente en la obra de ‘Ajuste de Cuentas’, a  Juan Urbano lo vienen a contratar para que escriba también una novela.

BP – Lo de ‘Ajuste de Cuentas’ juega con la vieja idea  de venderle el alma al diablo. Y el diablo hoy en día tiene mucha clientela ya que cuando la gente tiene muchas necesidades y ve que no es capaz de saldar sus deudas, es muy fácil de pervertir. Él ha tenido el optimismo de pedir una hipoteca y una excedencia; y como a tanta gente se le volvió todo inestable. Parecía firmemente asentado, pero vino una ola y se lo llevó todo. Como mucha gente cuando tiene miedo, se bloquea y no puede escribir, entonces aparece este siniestro personaje de Martín Duque, símbolo de estos empresarios ‘molones’ de los años ochenta, y le ofrece escribir una novela hagiográfica. Evidentemente, nadie paga porque hables mal de él y entonces Juan se ve en la tesitura de venderle el alma al diablo. Es una pregunta que presenta la novela, a la hora de elegir entre tus principios y tus necesidades, ¿tú qué harías? Serías heroico y te morirías de hambre sin dar el brazo a torcer o harías lo que hace todo el mundo.

R© –El protagonista, Juan Urbano, ya lo has usado en otras novelas. ¿Planeas llevarlo a más novelas?

BP- Tiene una desventaja y es que yo soy un fantasma y alardeé de que yo iba a hacer diez novelas, una por cada mandamiento. Llevo tres y empiezo a asustarme, ya que veo que no es tan fácil. Luego tiene la ventaja de que Juan Urbano, no es inocente, quiere parecerse a un estereotipo muy parecido a cualquiera que lo lea o cualquiera que tengas alrededor. Eso me da la ventaja de que tiene un territorio muy amplio en el que inventarle cosas.  Como su voluntad es la de poder ser cualquiera, eso me abre mucho el abanico. Es un tipo al cual le puede ocurrir perfectamente esta novela, quedarse sin trabajo y verse atado a un negocio poco beneficioso para él, o cualquier cosa, ya que no está situado en un extremo de la realidad. Cuando uno está situado en el centro, puede moverse a cualquier lado.

R© – No es entonces un personaje autobiográfico.

BP – No, yo soy infinitamente más guapo que él. Menos amargado, no soy tan negativo. No veo la vida tan de color negro aunque tampoco de color de rosa. Uno debe ser optimista hasta donde colinda con la estupidez. Aún así tiene cosas mías y tiene cosas de otra gente. También obedece a una cierta estrategia literaria. Cuando yo escribí la primera de la serie Mala gente que camina (2006), que hablaba de los niños robados, tenía esa idea de que los poderosos pueden quitarle a los pobres cualquier cosa, y además hay que dar las gracias ya que, joder, yo lo voy a cuidar mejor. Como esa historia era tan dura de contar, pensé que el narrador tenía que ser un tipo con el cual te puedes reír, ingenioso, que tire aforismos de vez en cuando y que te haga sonreír. Cuando publiqué la novela, lo primero que le pregunté a todo el mundo era ¿te has reído? Me interesaba mucho saber su opinión. Era un poco por hacer contrapeso a la dureza de la historia, y así se ha quedado. Yo creo que ahora es menos cínico que al principio. Las desgracias y las decepciones te humanizan. Se suele dice que las tres grandes epidemias que teme el hombre son “el cólera, la malaria y los problemas ajenos”. Cuando tienes problemas, muchos de los que te daban palmadas en la espalda empiezan a no cogerte el teléfono, hacen como que no te ven, te dan largas o te tratan como si la mala suerte o la desdicha fueran contagiosas. Eso por una parte le ha golpeado duro y por otra parte lo ha humanizado. Espero que en la próxima vuelva a ser algo más cabrón. A mí me gustaba más cuando era más miserable.

R© – Los temas, entonces, de los libros, ¿son casualidad o han sido por el momento en el que estamos?

BP – En mí nada es casualidad. No suelo dar puntadas sin hilo. Creo que uno tiene que saber muy bien sobre lo que quiere hablar y que quiere que le pase a quién lo lea. Cuando yo escribí sobre los niños robados, nadie había hablado sobre ellos, e incluso llegaron a decir que me lo inventaba.

R© – ¿Llega primero la noticia o la inspiración?

BP -  Eso depende, ya que ahora mismo una novela sobre la España del ‘pelotazo’ puede tener cierta originalidad. Situarla en la España de hoy es absolutamente natural., no hay ninguna invención en eso. En cambio en la otras dos era al contrario. Con Mala gente que camina la historia me la encontré un día de casualidad un día cuando llegué a casa, puse la tele y me encontré un reportaje sobre los niños robados y pensé lo mismo que luego iban a pensar los que decían que me lo inventaba. Y con Operación Gladio (2011) fue otra elaboración. Mis sospechas sobre la transición, sobre esa visión santificada de ese momento donde todo fue perfecto y nadie se equivocó en nada. Los protagonistas de la transición tienen casi la categoría de superhéroes. Entonces me empecé a preguntar si era posible que en dos o tres años, cinco o seis personas pudieran solucionar todos los horrores derivados de una dictadura. Entonces encontré el tema de la red Gladio, esa red creada por la CIA al terminar la segunda Guerra Mundial para evitar que los partidos comunistas de los países aliados llegasen a los gobiernos y frenar así la influencia de la Unión Soviética. Como ves cada una tuvo su comienzo: una porque puse la tele y la otra porque me hice muchas preguntas, hasta llegar a una que me inquietara más que las demás y la tercera, porque está alrededor. En la literatura no hay ideas buenas o malas, ni momentos mejores o peores, hay buenos escritores y malos. Los que cuentan una historia bien y los que la cuentan peor.

R© – Nos ha sorprendido mucho la manera de publicación, ya que no es solo la novela sino que tiene también el libro de relatos. Resulta llamativo como a lo largo de la novela se puedan ver pinceladas de los relatos que están empezando a crearse. ¿Qué fue primero? ¿Los relatos o estos surgieron después de la novela?

BP – Eso fue también una casualidad. Algo tomado según pasaba. A mí me gusta mucho saber muy bien sobre que hablar, como lo quiero contar y que quiero que le pase al que lo lee, pero no quiero saber mucho más que eso, porque entonces no sería un escritor, sería un mecanógrafo. Lo más divertido de escribir es cuando una noche, de repente se te ocurre algo y dices ‘Esto es bueno, es fantástico’. Entonces tú disfrutas, tienes también una categoría de explorador. En este caso fue algo parecido, yo tenía claro que un escritor que se encuentra en esa situación se va a bloquear, aterrorizar o va estar pensando en ideas que no puede acabar. Cuando lo había dicho ya ocho o diez veces a lo largo de la novela, pensé que habría personas que les gustaría conocer el final de esos relatos, entonces me propuse acabarlos ya que si no los escribo no sabré nunca como serían. Fue por esa parte de broma.  A la literatura si le quitas ese tanto por ciento de juego y para mí le quitas algo importante. Si tú prohíbes jugar, te has cargado a Cortazar o al noventa por ciento de los poetas que conoces. Además es una idea que iba a molar. ¿Quién ha dicho que solo puedo publicar un libro Pues dos. Para chulo yo.

R© – Las ideas para esos relatos, fueron surgiendo en el momento de escribir o fueron premeditados.

BP- Tenía la idea general de cómo debía ser el libro. A mí no me gustan los colecciones de relatos, las reuniones de cuentos. Me gusta que tenga un espíritu general y yo sé que tenía que ser sobre la identidad. Y eso es porque si estoy escribiendo los cuentos que supuestamente hace alguien que está en la situación de Juan Urbano, evidentemente lo que tienes es un acceso de identidad. Y te preguntas muy bien si no te has equivocado, si igual tenías que haber hecho otra cosa. Entonces yo pensé que lo lógico sería, aprovechando que tenía un par de ellos ya escritos, seguirlos así  y hacer un libro entero. Cuando tú llamas a casa o a un amigo y dices ‘Hola, soy yo’ como si solo existiera un posible yo en todo el mundo. ¿A qué otros has debido renunciar para ser ese o esa? ¿Hasta qué punto eres el resultado de una victoria,  una derrota o una rendición? ¿Qué te has negado para ser lo que eres? ¿A quién te has llevado por delante? Todas esas son preguntas que sobre todo a cierta edad uno se pregunta.

R© – Y cada pregunta da como respuesta el personaje de uno de los relatos.

BP – Cuando tú planteas un relato que crees que no vas a tener que escribir, te atreves con todo. Este es un tío que se pone a seguir con el coche a alguien con quién había quedado  y, de pronto, llega a un sitio rarísimo y el que se baja del coche es otra persona y no la que él imaginaba. Entonces ese hombre comienza una nueva vida. Como planteamiento mola mucho, pero luego escríbelo. Hubo un momento en que pensé que no iba a poder hacerlo y yo mismo me contestaba, ‘No Benja, si has empezado a jugar al menos acaba.’ Entonces me empeñé, ya se convirtió en una cosa de amor propio y alguno me costó mucho.

R© – Todos los cuentos los acabas en un punto en el que parece que pedía un final. Todos los personajes se realizan preguntas y algunas de ellas, al no obtener respuestas, tienes que imaginar tú ese final.

BP – Esa es la idea del arte abstracto. ¿De qué trata? Pues de lo que tú digas. Tú tienes que añadirle una parte del sentido. A mí me gusta esa idea de Borges: ‘Hay dos tipos de relatos, los que crean expectativas y los que causan sorpresa.’ Yo prefiero los primeros a la hora de escribir, soy más tipo Chejov o Cortazar. Aunque a la hora de leer me gustan los dos por igual

R© – ¿Qué te resultó entonces más fácil de escribir? ¿La novela o los relatos? ¿O poemas?

BP – Lo más fácil siempre es la novela. En ella tienes mucho espacio, es como una casa; es más fácil meter diez muebles Luis XVI en una casa de trescientos metros cuadrados que cinco de Ikea en una de ochenta. Siempre lo más pequeño es lo más complicado. Y también es que en espíritu a mí me gusta mucho también escribir novelas, yo vengo de la poesía y por eso tiro mucho de aforismo y de sentencia, intentando siempre decir más cosas en menos palabras. Pero el espíritu del relato es otro. Una novela es un cuadro: entero, acabado y enmarcado a ser posible. En cambio, un relato es una pincelada, algo que tiene que dejar inquietud en quién lo lee. A mí lo que más me cuesta es la poesía. Mi último libro de poemas es de hace siete años y llevo todo ese tiempo dándole vueltas al siguiente. Hasta que un poema lo tengo terminado y no tengo la sensación de que le falta algo o le sobra algo, pasa mucho tiempo. Mucha gente dice eso, ‘He estado un día entero trabajando en un poema y le he quitado dos palabras.’ En cambio en una novela siempre avanzas. Los relatos son un punto intermedio entre la poesía y la novela. No me gustan los relatos excesivamente largos ni los excesivamente cortos. Los que tengan su medida, los que planteen algo, los planten la semilla de la duda y luego te dejen solo; como el de la chica que va en tren. Yo dejo que el lector tome decisiones. A mí me interesa que el libro se ponga en el lugar del lector y lo mire desde ahí.

R© – Los relatos los cortas en un punto pero, ¿has pensado finales para ellos?

BP – Cuando ya no quiero seguir contando nada lo acabo. No quiero contar más. Los relatos tienen que guiarse por la idea de blanco y en botella. Yo creo que todos los relatos deberían acabar poniendo: ‘Ahí lo dejo’.

R© – Al principio del libro, en una conversación entre Urbano y Natalia esta le propone seguir un horario de escritura para desbloquearse. ¿Esa idea es propia o tú escribes cuando quieres?

BP – Yo escribo siempre tengo un ratito para escribir. Soy un gran fan del mundo portátil ya que me permite garabatear en aviones, aeropuertos, habitaciones de hotel, consultas. La vida está llena de obligaciones. Yo por mí escribiría catorce horas diarias pero por desgracia no puedo.

R© – Un libro o autor favorito.

BP – Un millón. Yo he leído de casi todo y sigo. Todo el rato descubro cosas que me gustan. Si te respondiera con un solo nombre, sería un mal escritor. Mi autor favorito sería un monstruo de Frankenstein que tuviera un dedo de un literato que me gusta, otro de otro y así.

R© – Hemos podido ver que tienes mucho contacto con el mundo de la música, teniendo colaboraciones con artistas como Joaquín Sabina. ¿Algún disco o canción?

BP – No sé. Supongo que Vinagre y rosas (2010) de Sabina y yo, ya que lo hicimos con mucho esfuerzo. Nos costó creo que siete meses de no hacer ninguna otra cosa. Me parece que no lo he vuelto a oír e imagino que está bien.

R© – La creación de ese disco, ¿cómo fue? ¿Tú los poemas y él la música?

BP – No. Escribimos juntos las letras. Nos fuimos a Praga,  a Tenerife, a Rota y ahí fue naciendo todo.

R© – ¿Crees que es más fácil escribir en conjunto o solitario?

BP – No hay mucha diferencia. Una escritura es un combate, a veces te peleas solo y otras con alguien. Suele ser más fácil solo, pero bueno, ahí el reto era que se nos viera a los dos y fuera una especie de tercera cosa. Escribir es discutir, valorar, tachar, quitar, poner. Aun así siempre habrá alguno que esté contento con su primera escritura, pero por lo normal siempre hay una discusión.

R© – Ya como última, ¿qué consejos darías a los escritores nóveles para que inicien su andanza literaria o mejoren su escritura?

BP – Que lean absolutamente todo para no creer que son descubridores de algo que ya está en los museos. Que practiquen mucho y que enseñen mucho las cosas porque a veces el efecto que causa a otros te orienta bastante. Entonces ya tienes dos sistemas de medida: uno es el que te suelen decir los libros que has leído, que normalmente te suelen poner en tu sitio, y otro lo que te dice la gente a la cual le lees tus cosas. Y luego tener fe. A mí la fe de las iglesias no me interesa nada, pero la de fuera sí. Realmente has de tener la absoluta convicción de que eso que vas a contar alguien lo va a querer oír, que lo vas a hacer de una manera que no se ha hecho antes y que vas a añadir un ladrillito en el muro de la literatura. Mucha gente cree que puede aportar algo y yo suelo distinguirlos de los que escriben por escribir, ya que se notan esas ganas. Luego hay gente que tiene muchas expectativas y se queda por el camino. Pero hay que tener mucha fe y renunciar a tentaciones que te surjan en el camino. Al final los que quedan y los que resisten el tirón son los que por lo menos consiguen empezar. Hace falta pegarte muchos golpes para aprender a caer o a guardar el equilibrio. Hay gente que piensa que escribir no requiere ningún entrenamiento, como por ejemplo la gente que le escribe un poema a su madre, que me parece muy noble. Si lo quieres haces bien, lo primero que tienes que hacer es leerte todos los poemas a las madres escritos, por los menos los de los grandes y luego ya haz el tuyo, no vaya a ser que digas lo que ya está escrito y quedes como un idiota. Pues eso, mucha preparación, mucho gimnasio cerebral y seguir hacia adelante te digan lo que te digan.

Andrea Martínez

Antonio Neftalí José

Nuria Cimas Pita

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