‘Musa recelosa’, autora Nuria Cimas Pita

Musa recelosa

            Las noches del mes de noviembre solían ser las peores. Eran noches frías, demasiado frías para dormir, pero también para trabajar. Pasaba aquellas noches en vela sentado frente a la mesa, con una luz encendida delante de los papeles, mirándolos sin verlos, como si aquello fuera suficiente para dar el trabajo por terminado. Generalmente, el insomnio traía inspiración, pero nunca en el mes de noviembre.

            Una mano aterida de frío, cubierta por un mitón que era más agujeros que lana, daba vueltas a la rueda de un mechero una y otra vez, encendiendo y apagando una segunda luz. Aquella noche, sin embargo, apenas quedaba gas, y al cabo de un par de horas ya no surgían más que débiles chispas que se apagaban antes de ser capaces siquiera de iluminar nada.

            Acabó por rendirse, y dejó entonces el mechero sobre la mesa, junto a los papeles que miraba sin ver, que parecían mirarlo a él con aquellas letras burlonas que bailaban sin sentido ante sus ojos. Esperó un poco, engañándose otra hora más. Una voz en su cabeza, optimista, o tal vez irónica, le sugirió que, ya que el mechero había dejado de funcionar, quizá era el momento de ponerse a trabajar de una vez. Ambos, la voz y él, sabían que aquella era una de las falacias más descaradas que se le hubieran podido ocurrir, pero aun así trataron de convencerse un rato más, como si de verdad tuvieran alguna esperanza de que la mentira, a base de repetirla, acabara por tornarse cierta. Por supuesto, esto no llegó a suceder.

            Con infinita pereza, como si supusiera el mayor de los esfuerzos, acabó por arrastrar la silla y ponerse en pie. En realidad, sabía lo que iba a hacer desde el mismo momento en que aceptó la muerte del mechero; quizá aquella hora de espera había sido una suerte de luto. O, quizá, su falta de motivación era lo suficientemente honda como para hacerle procrastinar algo tan sencillo como ir a la cocina a por una caja de cerillas. En cualquier caso, aquello ya había pasado, y pronto estuvo de vuelta en su escritorio, ahora con un buen montón de palitos que podrían entretenerle ardiendo durante un buen rato más.

            El fuego que surgía de la cabeza roja de las cerillas, como aparecido de la nada, lamía con ansia el alimento antes de consumirse. Era una vida ciertamente efímera, pero no por ello menos fascinante. Jugaba con él, lo desafiaba, demostrándole que lo tenía en sus manos, que podía decidir cuánto tiempo seguiría con vida. Después, con cierto desprecio, dejaba caer las cerillas ennegrecidas sobre la mesa, sin preocuparse de si el carboncillo podría manchar los papeles, ya casi olvidados.

            En un momento dado, aburrido de las cerillas, volvió la vista a la ventana con aire melancólico. Parecía esperar que, al otro lado, una dama de blanco o un viejo de barba plateada, o el aspecto que se supusiera que tenía su inspiración, apareciera con una sonrisa lo suficientemente cálida como para acallar el frío de noviembre. Que, dando un par de suaves toques al cristal de la ventana, pidiera permiso educadamente para entrar y le tendiera una llave, plateada, o dorada, o tal vez de hierro oxidado, que abriera su mente y dejara desbordarse las ideas.

            Evidentemente, aquello solo llegó a suceder en su imaginación. Más allá de la ventana no había más que nieve, una nieve densa y de aspecto extrañamente desagradable que parecía querer recordarle, con su sola presencia, que el frío era capaz de colarse más allá del pobre aislamiento de las paredes. Era nieve virgen, pero nieve que se consideraba intocable, que mostraba en el esplendor de su blancura la plena arrogancia del inalcanzable. Inalcanzable, tal vez, solo para él, pensó, al tiempo que veía moverse un poco más allá una especie de bola pequeña, probablemente una ardilla o rata o conejo, o cualquier otro ser pequeño lo suficientemente valiente para internarse en el frío.

            Al final no pudo aguantarle más la mirada a aquella nieve tan absurdamente impertinente. Aprovechó para detener el contacto visual el momento en que sintió que una pequeña llama le mordía los dedos, reclamando su atención y produciéndole un agradable dolor que contrastaba (e incluso se sobreponía) con la sensación de rigidez de la mano helada. Obedeciendo a la petición del fuego, dejó caer la cerilla sin dudar sobre la mesa.

            Al instante, la débil luz se apagó, y él se quedó mirando el cadáver de madera carbonizado, preguntándose por qué habría obedecido. No era su costumbre obedecer. De hecho, generalmente tendía a llevar la contraria, y tal vez por eso la inspiración había hecho las maletas y, airada, lo había abandonado.

            Él sabía bien que a la inspiración siempre le había gustado la sensación de mando, de control de la situación. Le gustaba tener un maniquí sobre el que probar sus modelos, un maniquí que, a poder ser, se estuviera quieto mientras se trabajaba sobre él. A continuación, agradecía que el maniquí tuviera a bien convertirse en una eficiente marioneta, una lustrosa, como si estuviera recién comprada, con los hilos perfectamente desenredados y las articulaciones a punto. Y, una vez dadas las primeras órdenes a la marioneta, prefería que esta tomara el aspecto de un autómata y continuara el trabajo por sí solo, con perfecta precisión y sin necesidad de supervisión.

            Era probable que aquello fuera el gran problema de todo. Porque, por suerte, él no era maniquí ni marioneta ni autómata, ni le gustaba fingirlo. Por suerte o, bien pensado, por desgracia; si no fuera por ese pequeño detalle, la inspiración seguiría a su lado, acercándose a él cuando lo veía suspirar, abrazándolo desde atrás, a la altura del cuello, con lentitud y mimo. Si no fuera por aquel defecto, se apoyaría en su espalda y asomaría la cabeza por encima de su hombro, y contemplaría su trabajo, y probablemente le dejaría caer un beso en el cuello, justo por debajo del lóbulo de la oreja, un beso entregado pero no merecido. Y, antes de dejarlo seguir con su trabajo, susurraría en su oído unas palabras mágicas, un hechizo o un conjuro, o quizás le tendería aquella llave de óxido de hierro, recordándole que las ideas estaban ahí, que él era libre de extraerlas.

            Todo esto, evidentemente, no sucedía ya, y él no esperaba que sucediera más. Parecía que aquella caprichosa no tenía intención de volver. De su garganta emergió un extraño estertor, una carcajada irónica, o tal vez un carraspeo de enfermo. Algo que, fuera lo que fuera, sonó más parecido a un parpado agónico que a cualquier otra cosa. El sonido, inoportuno y molesto, inundó un momento la habitación y le llenó los oídos, pero él se esforzó por ignorarlo. Se inclinó hacia adelante, y una mano aterida de frío se alzó sobre la mesa. Por un momento, hasta él creyó que tomaría de nuevo la pluma, pero pronto vio que se equivocaba. Yendo un poco más allá, la mano tomó la caja y extrajo una nueva cerilla. Ya solo quedaban tres.

            Las noches del mes de noviembre solían ser las peores.

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