“Hilos de hollín y de seda”, autora Andrea Martínez

 Hilos de hollín y de seda

Serena se coloca el vestido, un poco rígido por el tiempo que lleva guardado en su caja. Deja caer las faldas de puntilla blanca y observa apesadumbrada cómo diminutos pedazos de tela acartonada caen al suelo como polillas muertas.

Los días no pasan en vano, ni siquiera en Vaalia. El espejo le devuelve una imagen borrosa, un reflejo subacuático donde apenas distingue sus rizos desmejorados. El papel de la pared amarillea y se comienza a levantar por las esquinas de la habitación, y las ventanas están opacas, dejando pasar unos tímidos rayos de sol que no llegarán a calentar la triste realidad del cuarto. No deja que la angustia anegue la estancia y se seca unas lágrimas inexistentes de la mejilla antes de dirigirse a su izquierda y que el mundo la precipite en el empedrado gris de las calles de Vaalia.

Los edificios son bajos, coronados por delicados y agudísimos tejados rojos. En esa zona de la ciudad se distingue todavía alguna tienda a medio iluminar, alguna chimenea humeante, alguna silueta que sugiere que su ciudad arruinada aún mantiene algo de vida. Nunca ha podido adentrarse en las calles que se dirigen al norte, pero sabe que allí se ha abierto recientemente una fábrica, la causa de ese constante cielo gris muerte. Es un paisaje familiar, habitual, tan acostumbrado a ella como ella a él.

Finge su eterno paseo matutino, tan carente de la elegancia que su vestido y adornos sugieren. En el más cercano humean empanadas y bollos que aparentan estar recién sacados del horno aunque lleven allí mucho, mucho tiempo. Un poco más allá la boutique muestra los mismos vestidos que llevan marcando la moda de temporada durante años. Cada vez que los mira Serena se pone enferma. Está harta del pesado terciopelo verde, de mitones de piel, del presagio del invierno encerrado entre cristales. ¿Cuánto más habrá de esperar hasta ver ondear tejidos ligeros, colores cálidos, un cambio? En ocasiones desearía prender fuego al mundo hasta derretir todo ese tiempo helado. Pero es imposible: Vaalia es un mundo enclavado en ese punto exacto, sin aceptar la más mínima variación.

De pronto, en un intento de ser sorprendente que perdió la magia un millón de días atrás, aparece él. Emil, con su cara manchada de hollín y la ropa sucia, pero los ojos de un azul imposible y sonrisa de héroe. Emil, yendo a ocupar su puesto en la fábrica, dispuesto a luchar contra la melancolía otoñal que empapa las calles y su duro trabajo. Emil, su eterno amante, su eterno amado, su prometido, su amor. Comparten zalamerías en mitad de la calle, falsamente preocupados por ojos que no los ven, y se regalan torpes y recatadas caricias. Se prometen un futuro juntos. Emil seguirá trabajando en la fábrica de ese déspota de Juna un tiempo más, lo justo para ahorrar un poco más y celebrar su boda. Ella, como heredera de una aristocracia extinta, aportará a su amor una categoría social que ya a nadie importa, así como su ruinoso caserón. Emil jura y perjura que aunque fuera la hija de una lavandera la querría y pretendería igualmente, pero siempre queda un rastro de duda en el corazón de Serena. Siempre han estado enamorados, desde que existe su recuerdo, pero con todo amor, incluso con el más puro, nacen esquirlas de temor. A que en realidad no la quiera, a que solo pretenda comprar su hueco en la sociedad, a que al ver lo que queda de ella bajo el vestido apolillado la deje sola. Con un casto beso en la mejilla se despiden, una vez más, un día más, él camino de su ingrato trabajo, ella a seguir con su costumbre de simplemente dejarse ver. El mundo, su mundo, Vaalia, es un pequeño reducto triste, pero siempre luce un rayo de esperanza entre el humo industrial.

Apenas tiene un momento de tranquilidad tras la desaparición de Emil. Querría disfrutar esos instantes de amor y consuelo completos, esos diminutos y breves pedazos de felicidad que le puede robar a una historia que no puede interrumpir.

Siempre saben a demasiado poco cuando Juna irrumpe en escena. Huele un poco a podredumbre, como ella, como Emil, como todo Vaalia, pero en él el tenue hedor está disimulado bajo un traje negro, muy negro, impoluto, como si la suciedad y la miseria que él mismo produce no pudieran alcanzarlo.

Se ofrece a ella, día tras día, una mano que rechaza, unos cumplidos que ignora educadamente, unas insinuaciones que la incomodan. Su escena repetida siempre es de tentación y desagrado: sibilino, felino, repulsivo alaba su noble estirpe, su deslumbrante belleza, su dulzura incomparable. Apela a su buen juicio e insiste una vez más en el prestigio que ambos obtendrían de su unión matrimonial. Él conseguiría a la más hermosa y noble de las esposas, y ella a un amantísimo y poderoso marido. Serena procura evitar los motivos de su constante rechazo. Simplemente se muestra como una digna señorita, una más de aquella nobleza arruinada, demasiado orgullosa para adaptarse a un mundo que no es el suyo. Juna juega bien sus cartas y siempre insinúa entre palabras la posibilidad de regresar a ese mundo una vez disponga del capital de una fábrica como la suya como sustento. Vaalia es un mundo demasiado pequeño como para no poder comprarlo.

Siempre es la misma conversación, los mismos temas, los mismos errores que ambos cometen y llevarán a su destino prefijado. Ella acabará por responder, sin perder el mohín coqueto en los labios, que no sabe nada del amor y él atacará por ese flanco. Pronto habrá revelado sin quererlo su amor inmenso e imparable por un simple obrerucho que poco puede darle más, que la calidez de sus brazos en las mañanas heladas que se acercan. Juna se convierte en chacal en ese momento, furioso y astuto, y Selena comprende que no va a aceptar la victoria de un trabajador jamás. Cuando la golpea cae inconsciente, y ya apenas quedará nada para ella. Solo sabrá de la tela suave que la cubre allí donde él la ha dejado y el resto de la historia habrá de intuirla. Juna probablemente vuelve a la fábrica, furioso por su rechazo último, dispuesto a deshacerse del único obstáculo que contempla él en su desenlace. Torturará a Emil a base de insinuaciones, le hará creer que ella le ha abandonado cansada de su poca valía, le enloquecerá de celos al anunciar que ahora es su prometida y se casarán ese mismo mes. Emil saldrá de la fábrica destrozado, acompañado por su cuadrilla de compañeros, dispuestos a arrasar con las reservas de alcohol y matapenas de la cantina local. Allí encontrará a alguien

(¿Una vecina cotilla? ¿El borrachín del pueblo, quizás?) que le revelará la terrible verdad: Serena no lo ha abandonado, nunca lo haría, ella lo ama. Han visto cómo Juna la arrastraba inconsciente hasta uno de las decenas de talleres que posee, probablemente siga allí encerrada. Emil no es la clase de hombre que se queda callado y quieto ante situaciones así, no está en su papel. Incitará con palabras incendiarias a sus compañeros, iniciará la revolución. Vaalia conocerá la violencia de quienes luchan por lo que es justo, por unas condiciones mejores para ellos y para los suyos. Los obreros de la nueva fábrica se levantarán antes de que Juna pueda doblegarlos y lograrán tomar la fábrica al completo. Con seguridad habrá un último enfrentamiento, una escena culminante. Emil contra Juna, la fuerza del corazón contra la fría mente. Algo semejante a un duelo antiguo, de caballeros, el héroe contra el villano. Emil logrará imponerse y a golpes sacará a Juna la ubicación de Serena, y desaparecerá corriendo para ir a su encuentro. El gran señor quedará a merced de sus empleados, y quizás será mejor que su suerte quede como un misterio. Las almas de los que han sido humillados conocerán el poder de la venganza, y él lo tendrá que sufrir en sus carnes una y otra vez, una y otra vez. Volverá algo de orgullo a las calles de Vaalia, no su antiguo aire señorial, pero sí uno joven y resistente que devolverá quizás algo de vida a sus frías calles ahora que llega el invierno.

Su historia llega así a término. En un campo blanco, ambos tomados de las manos, son casados por un cura hierático y de aspecto huraño, pero al fin están juntos. El beso que cierra sus destinos es apenas un roce de sus labios, prolongado mientras cae una dulce nevada de copos semejantes a plumas, papel, o a algo igualmente suave y delicado. Serena conoce brevemente la felicidad así, refugiada en sus brazos, antes de que se haga la oscuridad y una tormenta de aplausos lo inunde todo.

Una vez de vuelta a su caja, Serena sueña. Sueña con los ojos abiertos, ya que sus párpados son simples líneas de pintura sobre las bolas de cristal tintado.

Sueña con esa obra que el marionetista escribió hace tantos años y que tanto luchó por estrenar, por conseguir sus tres muñecos protagonistas, por crear ese pequeño mundo. Sueña con que un día se suelten sus hilos y pueda por fin dirigir su propia historia, fuera del teatrillo en el que viven, fuera de ese universo cerrado que se creó para ella, para su historia. Sueña con poder elegir, sueña con un destino que aún no haya sido escrito.

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