“Hablemos de Larra”, autora Guiomar Quintana Suárez

Hablemos de Larra

Si hablásemos de Mariano José de Larra hablaríamos de preocupación, de comunicación y de libre pensamiento. Hablaríamos de uno de los personajes históricos españoles más importantes; un romántico demócrata, costumbrista, periodista y poeta. Un escritor que ponía su pluma al servicio de la sociedad y que utilizaba sus conocimientos para aportar a su país lo que él consideraba antagonista a la mentira y el engaño: la crítica, a ser posible, destructiva en el sentido de la búsqueda del cambio y el progreso, entendiendo como progreso la mejoría, protección y libertad del ciudadano.

Hagamos memoria. Trabajó para periódicos como El Pensador y El Censor entre otros, escribiendo normalmente bajo pseudónimos para no verse condicionado, y dedicándose fundamentalmente a la sátira y crítica social de la época: a aspectos relacionados con las Cortes, que nacían, y con el carlismo. Vivió la Década Ominosa y vio suceder la Primera Guerra Carlista. Eran tiempos difíciles. También destacó como político, -por saber cambiar o cuándo cambiar de opinión-, pero la significación fundamental de sus artículos reside en las batallas que libraba contra la organización del Estado, el absolutismo, la sociedad y la vida familiar. Contra lo que era actual. Es por eso que, dos siglos después, con las cosas tal y como están –sabemos de sobra de qué estoy hablando- todos deberíamos tener en cuenta su obra y su fuerte confianza en las letras. Todos deberíamos recordarle, para recordar que respecto a la actitud poco hemos innovado.

Me viene pues, a la mente, uno de sus textos más trascendentales, El día de difuntos de 1836, publicado en El Español. En este artículo, a pesar del tono irónico con el que se tratan los asuntos, ha de notarse un profundo pesimismo, un claro desasosiego; la indignación, el dolor y la desesperación de aquel que ve las cosas, que quiere cambiarlas; que entiende pero no quiere asumir que este cambio no vaya a producirse. Muestra la presencia de una nube de ignorancia que ennegrece a la población. De cómo olvidamos lo que se dijo y sucedió, y caminamos –hablo en plural y presente porque es de su vigencia de lo que quiero dejar constancia-, como ratas de laboratorio que avanzan hacia la probeta sin considerar por qué lo hacen. Como observar los nichos desde cerca sin entender lo que es la vida y la muerte, o sin haber tasado su relevancia.

Larra utiliza la defensa de la melancolía que siente para tratar los temas más importantes del siglo XIX español. Nada crea su asombro porque ha visto todo tipo de horrores, ha vivido todo tipo de decepciones… Ha perdido su fe en la comunidad, en los madrileños, en sus compatriotas. Así habla de <<un inexperto que se ha enamorado de una mujer, un heredero cuyo tío indiano muere de repente sin testar, un tenedor de bonos de Cortes, una viuda que tiene asignada pensión sobre el tesoro español, un diputado elegido en las penúltimas elecciones, un militar que ha perdido una pierna por el Estatuto>> -y la cosa va empeorando- <<y se ha quedado sin pierna y sin Estatuto, un grande que fue liberal por ser prócer, y que se ha quedado sólo en liberal, un general constitucional que persigue a Gómez, imagen fiel del hombre corriendo siempre tras la felicidad sin encontrarla en ninguna parte, un redactor del Mundo en la cárcel en virtud de la libertad de imprenta, un ministro de España y un Rey, en fin, constitucional>>[i]: España va como va y a él le hierve la sangre en las venas, por eso lo cuenta. Y esos que retrata son los españoles. Ayer y hoy. ¿Hay alguien retratándonos ahora?

La gente continua acudiendo al cementerio a velar por los caídos, a velar por los que no pueden regresar, por los que les dejaron con la lágrima anclada al pecho… Sin percatarse de que los muertos, por su condición, tienen libertad y derecho. Son recordados y tenidos en cuenta. De que pierden el tiempo. El escritor se frustra porque la religión, la política, el dinero, la victoria, y la imprenta –que no la palabra- son puramente enterradas, equívocamente, como heroínas. El pensamiento yace, junto a la cultura y el arte. Junto a los que murieron en la cárcel, hace años pero no tantos como parece, con la libertad de pensamiento en los bolsillos.

El cementerio está dentro de Madrid y la carne putrefacta que lo caracteriza es la materia principal que nos conforma. Nuestro epitafio está en nuestras frentes. Quizá por eso no lo vemos. Tal vez por eso no hacemos nada. A esto se refería él y he aquí su vigencia: España es actualmente un país donde las ideas se sustituyen por demagogia y eso importa más que la cultura. Donde la economía pasa a ser dinero y riqueza de algunos en perjuicio de otros. Donde unos acuden a la necrópolis a enorgullecerse de las victorias cuando toda guerra es derrota. Donde no nos sorprendemos ante lo que sucede -y si lo hacemos es en forma de focos aislados, sin unión ni conjunto-. España, donde enterramos al ingenio y a la idea –porque los que pensamos apenas lo demostramos- y donde la imprenta, muchas veces, juega sin crítica y sin moral. Donde la mitad de España que descansa <<murió de la otra media>> porque aquí “estás conmigo o contra mí”.

Mariano José de Larra perdió definitivamente la esperanza el 13 de febrero de 1837. La esperanza en sí mismo, en su país y en las cuestiones que le habían atañido durante toda su vida intelectual. Han pasado ciento setenta y seis años desde entonces y a pesar de mi pesimismo, yo no pierdo la esperanza en su trabajo, no pierdo la esperanza en la pluma y la palabra, en la mejoría de la “imprenta digital”, el derecho y la justicia. Insto a depositarla en la cultura, en los teatros, los cines, la fotografía y los medios que tenemos a nuestro alcance. La deposito en las redes, sean cuales sean, y en los libros –caídos en tan baja estima-, y en la individualidad y el egoísmo de algunos –que podría llevarnos a algo- o en la posibilidad de unirnos ante el maltrecho. Mi esperanza se perdió ante la política, el sistema, la economía, la democracia y la posibilidad de tener una prensa completamente libre e informativa. Prefiero el pesimismo a la pérdida, porque una vez la esperanza se ha ido… Ya no queda nada. Sólo el abismo, y la muerte. La muerte, que según este autor madrileño te libra de luchas, contribuciones que no puedes permitirte, juicios injustos, movilizaciones y aislamientos injustificados. Te da la voz y las alas cuando a lo único a lo que puedes agarrarte es a un clavo ardiendo. Procuremos que no quede en el olvido y que su muerte no haya sido en vano: que no se haya hecho demasiado tarde y que nos queden clavos a los que no hayamos prendido fuego.


[i] Todo texto citado ha sido extraído del artículo El día de difuntos de 1836, de Mariano José de Larra.

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