“La Confesión”, autor Luis García Jambrina

La confesión

    Siempre se ha dicho que el plagio solo es admisible si va seguido de asesinato, lo que muchos han interpretado como que el plagio solo es lícito o perdonable si supera la obra plagiada. Yo, sin embargo, siempre he entendido esta frase en su sentido más literal. De todas formas debo confesarles que, en mi caso, fue justamente al revés, quiero decir que fue el asesinato el que precedió al plagio. Pero déjenme que les cuente la historia desde el principio.

Cuando publiqué mi primer libro de relatos, las críticas no fueron nada buenas o al menos todo lo buenas que yo esperaba. Eso hizo que abandonara definitivamente mi carrera de literato, para dedicarme por completo a la enseñanza universitaria y a la crítica de poesía. Durante todo este tiempo, he intentado contagiar a mis lectores y alumnos el amor por la literatura, como una forma de compensar mi fracaso como escritor. Hace diez tres años, cuando ya casi me había olvidado de mis veleidades literarias, quiso el azar que se matriculara en uno de mis cursos de la Universidad de Salamanca un alumno particularmente brillante. Tenía poco más de veinte años, pero daba la impresión de que se lo había leído todo. Un día, al salir de clase, me entregó un original suyo para que lo leyera. Me dijo que eran unos cuentos que había escrito y que estaba muy interesado en conocer mi opinión, pues la tenía en gran estima. Yo le advertí que no tenía por costumbre leer los manuscritos de mis alumnos –salvo los exámenes, claro está– y que, además, mi especialidad era la poesía, no la narrativa, por lo que mi opinión no iba a serle de gran ayuda. Pero él insistió tanto que no me quedó más remedio que aceptarlos. Mi idea, naturalmente, era arrojarlos a la primera papelera que encontrara, como quien se deshace de un folleto publicitario que alguien acaba de darte en una esquina, no vaya a ser que te ofrezcan algo tentador y termines por comprarlo. Sin embargo, en el último momento, no sé por qué, decidí indultarlos.

Los leí esa misma noche, de cabo a rabo, con una mezcla de dolorosa envidia e irreprimible admiración. Me parecieron tan buenos que habría vendido mi alma al diablo, si este hubiera estado interesado en ella, por escribirlos. Por fortuna, no fue mi alma la que tuve que sacrificar.

Pocas semanas después de que terminaran las clases, vino a verme el alumno al despacho, situado en lo más alto del Palacio de Anaya.

–Si vienes a ver el examen –le dije–, no debes preocuparte, tienes la máxima nota, por lo que no va a ser posible subirla.

–No es el examen lo que me preocupa –me replicó–; solo quería saber si ha leído mis cuentos.

–Como tú comprenderás –le respondí yo con algo de sorna–, no estoy yo ahora para leer muchos cuentos. Mira el montón de exámenes que aún me queda por corregir.

–Pero usted me dijo…

–Yo no te prometí nada –lo interrumpí–; si te los acepté fue para que no me dieras la paliza, pero ya veo que fue un error.

–Yo también me equivoqué con usted; creí que me tenía aprecio.

–Siento mucho haberte decepcionado –me disculpé yo con algo de cinismo–. La vida es así de dura con los aprendices de escritores; terminarás por acostumbrarte, no te preocupes.

–De eso nada –se revolvió–. Yo no voy a rendirme como usted. Yo seguiré escribiendo, aunque nadie me lea y aunque no les guste lo que hago a los críticos resentidos. Prefiero mil veces ser cola de escritor que cabeza de crítico.

–Mira, niñato –le dije yo, a mi vez, con tono amenazador–, a mí nadie me grita ni me insulta en mi propio despacho, y menos un mequetrefe como tú, por mucho que hayas leído.

–Al contrario de lo que dijo Borges –me replicó–, lo que importa no es lo que uno haya leído, sino lo que uno hace con lo que ha leído, pero eso usted no lo puede reconocer porque es un autor frustrado.

Cuando oí la maldita palabra, no me pude contener. Lo agarré con violencia por la pechera de la camisa y lo arrastré, sin dudarlo, hacia el balcón, que había dejado abierto para que entrara el aire.

–¿Y ahora qué me dices? –le pregunté, mientras lo sujetaba contra la barandilla y lo amenazaba con arrojarlo al vacío.

–Que no creo que tenga valor –me respondió, con esa sonrisa suya de suficiencia.

Así que le di un empujón y lo lancé al vacío. Les confieso que, al principio, me sentí algo confuso, pues no había previsto ese desenlace, pero, enseguida, pensé en los cuentos y me acordé de aquello del plagio y del asesinato. De modo que cogí su examen, y le puse un seis.

–¡Es horrible! –le dije al policía que me interrogó–. El alumno se tiró por el balcón, después de ver la nota que le había puesto en el examen. Se ve que, con esto de la Ley Wert, el pobre tenía miedo a perder la beca.

Luis García Jambrina

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