Historia Encadenada Octubre 2014

“Esa mujer se parecía a la palabra nunca” Gotan, Juan Gelman.

 

(Blaise L. Brontë)

También se parecía a la palabra siempre. Era una de esas mujeres en las que nunca quieres pensar, pero que siempre están en tus pensamientos. El todo y la nada, las dos caras de la misma moneda al mismo tiempo. Esa mujer era capaz de viciar incluso el aire de un parque con tan solo estar presente, y capaz de dejarte sin respiración cuando no podías verla. Fue así desde el principio. Creo que jamás podré olvidar la primera vez que la vi, y no es que fuera algo extraordinario. “Chico conoce a chica en un bar” es algo demasiado típico hoy en día. Lo raro es conocer a una chica fuera de un bar. Aquel día ella llevaba un vestido verde, y tenía la vista perdida en la nada.

Recuerdo que, ya entonces, cuando aún no podía saber la magnitud de lo que sentiría por ella más tarde, pensé que aunque no me acercase a saludarla, aunque nunca llegase a saber cómo era su voz, esa mujer sería para mí una obsesión como la que un escritor podría tener con su musa.

 

(Rosa Celiberti) 

Suelo ser bastante tímido con estas cosas, pero no sé si por una conjunción de astros o por qué, ese día pensé que sería buena idea acercarme y saludarla.

Nunca me habían rechazado con tal elegancia y desprecio unidos. En realidad, no dijo nada, únicamente me miró, giró la cabeza y se cambió de mesa. El camarero, Sergio, que era un buen amigo mío, me miró encogiéndose de hombros. Podría haberme dicho que no estaba a mi altura, podría haberme dicho que jamás la conseguiría, podría haber negado con la cabeza mirándome con desdén, era algo que solía hacer. Pero aquel día sólo se encogió de hombros. Y por eso, aunque ella me hubiera clavado el “nunca” en la frente, quise intentar cambiar la palabra.

Y es que hay algo que me hace pensar que debajo de ese nunca va escondido un siempre, porque todavía no se ha cambiado de bar, a pesar de que todos los días desde que la vi por primera vez he intentado hablar con ella. Porque un verdadero nunca habría implicado que no habría vuelto a pasar por el bar jamás. Un verdadero nunca no habría dejado de cambiarse de mesa en silencio ante mis insistencias, y ella había dejado de hacerlo. Yo no solía atreverme a sentarme, me quedaba de pie, como un pasmarote, y ella me ignoraba.

Nunca la oí decir ni una sola palabra, ni cuando pedía, ni cuando pagaba, ni cuando llegaba ni cuando se iba, aunque muchas veces cuando yo entraba en el bar ella ya estaba allí.

Esa mujer se parecía a la palabra nunca, pero yo sabía muy bien que también se parecía a la palabra siempre.

 

(Laura Carrillo) 

Es curioso cómo el implacable deseo, cómo la inexorable pasión, pueden aferrarnos a una esperanza devastadora que, lejos de guiarnos en la dirección adecuada, nos hace cautivos de nuestras propias obsesiones.

Transcurridos unos días, comprendí que todo atisbo de interés de aquella mujer hacia mí procedía de mi obstinada fe, de la terca convicción de que aquello que anhelamos nos corresponde de algún modo. No obstante, lo único que la mujer Nunca y yo teníamos en común era una profunda simpatía hacia la taberna de Sergio y una obcecación en nuestro proceder: yo seguiría empeñado en conquistarla y ella continuaría frecuentando aquel bar por mucho que un tipo como yo no cesara de tratar de hacer suya la epicúrea silueta que vistió de verde el día que se enamoró.

 

(JMPorro)

Pese a todo, nunca no es para siempre y hay un momento en el que algo cambia; cierto instante en el que el destino gira de una manera inesperada. Cuando menos te lo esperas, miras a Sergio con cara de “¿dónde?” y Sergio, del mismo modo que otras veces, se encoge de hombros con indiferencia.

Nunca no está ahí. ¿Qué significa eso? Lo mismo ella no está ahí por un azar estúpido, pero un azar estúpido puede suponer la mayor hecatombe para el que espera, para el que anhela, para el que siente.  Sin embargo, a uno se le pasa por la cabeza que quizás ella no está ahí por otro motivo y, de nuevo, agarrándote a una fe que mueve montañas, piensas que puede ser que esté en otra parte, esperando a que, tú, ese insignificante ser despreciado tantas veces, con obstinación la encuentres. Esa idea genera un arrebato, una inyección de adrenalina instantánea que te hace levantarte a toda velocidad, dejando las monedas a Sergio, que sigue mirando con indiferencia, en la mesa sin importar si queda cambio o no y salir a toda velocidad.

Sin embargo, cuando vas atropellando mesas ante la mirada extrañada del resto de personas que se encuentran en el bar, te das cuenta de que hay un papel perfectamente doblado en la mesa donde nunca suele sentarse y que, sutílmente, está colocado a modo de calzador, de tal forma que solo el ojo que quiere ver lo perciba. Te agachas, lo recoges, lo manipulas casi con precisión alquímica y definitivamente lo desdoblas por completo, esperando el todo y la nada, siempre y nunca.

 

(Paula B. Lovelace)

Y te quedas perplejo al ver cómo, en un instante, la vida te ha vuelto a sorprender. Y es que ya lo decía John Lennon, que da igual cuánto planifiques tu futuro, la vida, que es eso que pasa mientras tanto, ya ha preparado otros planes para ti.
Sonríes extasiado, como un imbécil, tratando de encajar el golpe y de pronto nada más importa, te dan igual Sergio y su mirada indiferente, perdida en el destartalado televisor que hoy parece retransmitir de nuevo un partido de fútbol, los gritos de esos habituales que, ahogados en su propio vaso, comparten su agonía con la única rubia, la líquida, que a estas alturas les soporta, las risitas descontroladas, agudas e irritantes de esas “niñas grandes” del fondo del bar,… Te es indistinto que sea martes y el reloj marque las trece porque por hoy Fortuna ya ha jugado sus cartas y Nunca ahora se viste de Siempre aunque sea contigo o, a veces, tenga que ser sin ti.

 

(Alberto Vaquero)

Coges aire y vuelves a leer la nota.

Se para el tiempo. Por un momento todo se paraliza y te das cuenta que algo ha cambiado. Sientes como una parte de ti esta eufórica por lo sucedido, pero la otra echa en falta algo, algo que ya jamás recuperarás. ¿Dónde ha quedado la “magia”, la emoción…? ¿Y ese revolotear en tu estomago al ver día tras día a tu inspiración? Quizá suene estúpido, pero a veces se anhela esa sensación de querer y no tener. Esa paradoja de deseo y desesperación simultanea que sentía cada día en el bar de Sergio. Supongo que al fin y al cabo no se puede tener todo.

De pronto alguien te saca de ese trace hipnótico señalando con el dedo la vieja y oxidada puerta del bar.

-Alguien te está esperando.

Extrañado, examinas cautelosamente a la multitud de personas que alegremente conversan y fuman sus cigarrillos tratando de descubrir a algún conocido.



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