Historia Encadenada Diciembre 2014

“Pidió un tercio y encendió un cigarro” Politeísmos, Álvaro Naira

 

(Blaise L. Brontë)
Mientras le servían su pedido, Luis dio un par de caladas a su cigarrillo, con la lentitud de quien no tiene prisa, manteniendo el humo hasta que el picor en su garganta fue molesto y exhalándolo con deliberada lentitud. Su apariencia apática encajaba perfectamente con su estado de ánimo. Estaba cansado. Terriblemente cansado, en realidad: de las últimas cuarenta y ocho horas apenas había dormido seis, y todo apuntaba a que esa noche no iba a dormir en absoluto.
Cuando el camarero depositó su cerveza frente a él, Luis bebió, pensativo. No tenía que haber aceptado aquel trabajo, estaba seguro. Pero no había sido capaz de hacerlo, y estaba dispuesto a jurar que nadie en su lugar lo hubiera sido. Es muy difícil para un hombre negarle algo a una mujer que llora desconsolada. Sobre todo si esa mujer es tan hermosa como Julia lo era. Si pudiera volver al pasado probablemente la respuesta de Luis hubiera sido la misma. Y ahí estaba: metido hasta el cuello en una investigación que no parecía tener una solución, y en el que por cada paso que daba, retrocedía tres.

(Ana Hernández)
Pero debía llegar al fondo de su investigación, no solo por esa mujer de profundos ojos almendrados también, su ego reclamaba protagonismo en esta historia policiaca donde sin querer una mirada de lágrimas furtivas y falsas y sus propias palabras le habían metido. Luis no tardó en devorar todo el plato, hambriento y sediento de emociones su pedido le supo a poco. Se levantó torpemente de la mesa, pagó la cuenta y se dirigió a la puerta. Cuando salió el frío le golpeo la cara como si de un manotazo helado e invisible se tratara. Se resguardó en la calidez de su abrigo y con paso firme y decidido se encaminó a ninguna parte, simplemente el aire le guiaba entre las calles iluminadas con farolas y bañadas en copos de nieve. Inconscientemente, Luis acabó ante la puerta de la casa donde el crimen acaeció. Mirando a los lados para comprobar si tenía compañía arrancó las bandas amarillas de la línea policial y giró el frio picaporte dorado.

(Rosa Celiberti)
Obviamente aquello era ilegal, y ni siquiera sabía por qué estaba haciendo lo que estaba haciendo “Tampoco tengo nada mejor que hacer” pensó. Con una carrera medio acabada, sin apenas futuro en los organismos oficiales de seguridad, tampoco le iba a hacer mal aquello. Si lo cogían, probablemente sería el punto de inflexión para el final de su carrera, pero no le preocupaba demasiado.
Su único defecto era la honradez. En un mundo de mentiras, falsas sonrisas y lameculos, ser honrado es la puerta más directa al fracaso rotundo. Sin embargo, no volvería atrás por nada del mundo. “Prefiero morir joven y limpio que viejo y lleno de mierda”.
Al entrar en la casa no se encontró nada fuera de lo normal: Una casa coqueta, en una zona residencial, llena de fotos de la familia, y muebles bastante feos. El estilo minimalista siempre le había parecido una estupidez. Sin embargo, no se detuvo a despreciar el aspecto de los muebles, tenía un asunto entre manos. Se dirigió entonces a la cocina, donde todo había sucedido, según la mujer. Al abrir la puerta se encontró con la encimera ensangrentada. Probablemente su marido no acabaría en la cárcel por aquello, ni con todas las pruebas allí. Al fin y al cabo, era una soberana tontería.
“Me estoy jugando mi carrera por un gato…”

(JMPorro)
Así es como llamaban comunmente a los madrileños en esa jerga callejera. Se lo imaginaba. El chaval habría llegado borracho o drogado después de una o varias largas noches en la calle buscándose la vida con unos padres ignorantes de todo aquello a lo que su retoño se refiriese. Solo les importaba mantener su estatus sin que nadie se enterase de las tropelías de su hijo. Probablemente un chivatazo, un enfado monumental del padre, una pelea, la muerte del hijo. Y él allí, embarrado hasta las corvas por un deshecho callejero lampiño de los que pululaban últimamente en la ciudad, saqueando todo lo que encontraban.
Y es que la revolución era el mejor contexto para que todo aquello pasara. Una sociedad completamente cambiada después de que estallara todo aquello. Los ricos (este era el caso) intentaban mantener un poder y una apariencia de tranquilidad. Los jóvenes la armaban en la calle, que era el escenario ideal para que las hormonas propias de los adolescentes se descontrolaran en medio del caos general. Algunos, como él, intentaban ganarse los cuartos. Una carrera sin terminar por esa revolución, unos entes oficiales donde ya solo mandaban los militares, es decir, sin futuro para él. ¿Qué tenía? Esta investigación que a nadie le importaba, porque sucedían cosas más importantes. Un gato callejero, un púber inconsciente muerto, solo eran unas manos menos que empuñaban un arma. Nada más. Su padre, con su estatus, era lo suficientemente influyente para que esto quedara en nada. Su madre hacía como que se preocupaba para dejar su conciencia tranquila. Él se ganaba unos cuartos e intentaba ganarse a esa madre, a Julia, que llevaba consigo además de un buen cuerpo un buen fajo bajo el brazo. Lo mismo el marido acababa muriendo. Es lo que tienen los conflictos, la gente muere.

(Dolores Rodríguez Canillar)
Luis observó el reguero de sangre seca que nadie se había molestado en limpiar. Contempló con detenimiento la dirección de la sangre, las salpicaduras, la pisada del número cuarenta y dos que aún permanecía dibujada en el suelo como si de un fósil se tratara. No había nada de lo que no se hubiera percatado en su anterior visita, cuando ni siquiera la policía aún había llegado. Decidió entonces dar una vuelta por las habitaciones.
Sintió el frio metálico de la barandilla de la escalera antes percatarse de que no debía dejar su huella en ningún sitio. Cualquier indicio para evitar que el padre fuera juzgado serviría para involucrar a otro pobre desgraciado. Y el padre tenía demasiados contactos para hacerlo.
Las habitaciones se encontraban inexplicablemente ordenadas, las camas hechas, cosa que le extrañó, ya que cuando supuestamente ocurrió el suceso era de madrugada y todos dormían. Entró en la habitación de la hija atraído por una fotografía familiar, enmarcada en un escenario cruelmente feliz.
Un escalofrío recorrió su cuerpo. El sonido de la puerta de entrada abriéndose se escuchó por toda la casa. Se asomó discretamente y observó cómo entraban entre carcajadas, con una botella de champan en la mano, la hija del matrimonio acompañada de un joven al que nunca había visto, y del que no tenía noticia alguna.
- Brindemos – decía la chica.
- Sólo nos quedan dos- manifestó el joven entre carcajadas. Vamos a tu habitación.

(Alberto Vaquero Pedruelo)
Desconcertado se apresuró a meterse en el cuarto de baño, agarró el pesillo y lo giró cuidadosamente sin hacer apenas un ruido. El cuarto estaba oscuro, sólo se apreciaban los tímidos rayos de luz que entraban bajo la puerta. No estaba seguro allí, pero no tenía elección.
El sonido de las pisadas al subir las escaleras cada vez era más fuerte. Se podía escuchar el crujir de la vieja madera con cada paso, haciendo estremecer a cualquiera que allí se encontrase.
Lentamente colocó su aún gélida oreja sobre la puerta, intentando obtener algún tipo de información acerca de lo sucedido.
- Deberíamos tener cuidado Sophie. La policía podría estar cerca – comentó el joven
- No te preocupes, la gente duerme. Hace demasiado frío y no son horas de trabajo. Vayamos a la cama y divirtámonos –dijo Shopie
- Está bien, pero en cuanto acabemos recogemos el cuerpo. No me hace ninguna gracia tener al fiambre de tu hermano dentro de la bañera. –dijo el joven en un tono serio.

Luis, no daba crédito, apenas se tenía en pie. Su cuerpo temblaba como un barco de papel en una gran tormenta, no podía creer lo que acababa de escuchar.
Armándose de valor se incorporó y encendió la luz.

(Paula Barba)

Se mantuvo así un tiempo, clavando su mirada contra el gélido mármol de la pared del baño ahora iluminada, deseando no haber salido de la cama esa mañana, no haber ido a trabajar ni haber conocido a Julia. Julia… Su solo recuerdo le erizaba la piel.
Tomó una gran bocanada de aire, como si se ahogara con la sangre de esa escena de Cluedo y giró su cuerpo ciento ochenta grados con la mirada clavada en sus pies. Sintió un frío helador. Dados tres pasos al frente al más puro estilo militar, corrió con fuerza la cortina dejando la bañera al descubierto. Por un instante imaginó los cuerpos desnudos de todos los miembros de aquella familia disfrutando de aquel lugar, de aquella vida de lujo. Se regodeó en lo denigrante de imaginar a un gran hombre de negocios cantando alguna canción ridícula bajo el agua de la ducha, esbozó una carcajada de compasión al recrear el baño de una adolescente como Sophie, con cualquier cosa a su alcance, seguramente al teléfono conversando con alguna amiga, centrando sus vidas en banalidades. Y, entonces, volvió a ahogarse, pero esta vez en su propia reinvención de Julia recién levantada, en plena ducha rápida antes de irse a trabajar. Salió de aquel trace de ensoñaciones para darse cuenta de que, sin embargo, allí estaba él, casi un niño, extasiado, perdido en las cuencas de sus propios ojos, el único vestido en la bañera de aquel circo de animales. Su gesto no mostraba pánico, sino paz, como si se alegrase de haber salido de la casa de los horrores en que vivía, de esa fiel representación de la sociedad del momento contra la que tan fervientemente protestaba hecha especialmente para él. Le observó durante unos minutos, tratando de descifrar algún signo de violencia en lo que restaba de su ser, pero, a pesar de la rigidez cadavérica propia de su estado, parecía en paz. Pasados unos cuantos minutos más, aquello comenzaba a exasperarle, deseaba encontrar en aquel cuerpo algo, algo que denotase pánico a la muerte, tal vez al sufrimiento. No había nada. El reloj seguía corriendo y con la melodía de gemidos femeninos de fondo, aquella expresión inerte se le tornaba burlona, como si aquel “jovencito” (como suponía que le habría llamado Julia una y mil veces) estuviese allí, riéndose del miedo que había llevado a un policía a encerrarse con pestillo en un cuarto de baño. Luis no aguantaba ni un minuto más, le resultaba ya tan abrumador que empezaba a desquiciarle.

Guiado por una falsa indiferencia, giró el pestillo y abrió la puerta con fuerza, dejándola chocar contra los impolutos azulejos de hielo marmóreo. Continuó con su camino ignorante del ruido de sábanas y cajones procedente del cuarto del falso amor y las imágenes de mentira, llegó a la escalera y apoyó su mano sobre la barandilla, sintió de nuevo el helador tacto del corazón de hojalata de aquel hogar. Elevó su rodilla derecha mínimamente, dispuesto a bajar por las escaleras, y así lo hizo. De pronto no había ruido, solo un extraño pitido en sus oídos, “la alarma”, supuso y siguió con su camino hasta salir de aquella escena propia de una novela de género negro. Subió en su coche, arrancó y se fue a algún lugar donde las cenizas del ayer se vuelve en polvo del mañana, o eso cree él. La verdad es que los titulares hablaron de él durante semanas, de aquel policía corrupto que asesinó a un joven, también mencionaron a Sophie, la valiente y destrozada hermana que, como en una tragedia Shakespeariana, vengó la muerte de su hermano y, por último, encabezando los periódicos locales, bajo un titular poco fidedigno, una imagen de Julia, su hermosa Julia, consternada junto a su marido y su hija frente a las escaleras, dejando ver tras de sí una enorme mancha de sangre en la moqueta sobre la que, según cuentan, encontraron el cadáver de algún inspector poco honrado.

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