Manifiesto cAnayita



(Actores, a escena)

Érase una vez… un comienzo. No sólo el de una revista, ni el de una idea, sino el de algo más grande: el de una historia formada por cientos de historias diferentes, contadas por personas dispuestas a compartir horas de insomnio, tardes de sol o de lluvia y café y letras que no querían esconder en su cabeza.


Y las ideas surgieron.


Hay lugares que son puntos de encuentro. Que tienen un pulso especial, que nos unen. Anaya es uno de esos lugares, a medio camino entre la arquitectura y los sueños. Y aquí hemos tenido la fortuna de hallarnos. Hijos de diferentes tierras, tejedores de diferentes realidades. Unidos por un amor común, por un lazo, por una ambición de pluma y tinta: las letras. Filólogos, los amantes de lo escrito.


Y se encontraron.


A veces una idea nace de forma independiente en diferentes cabezas. Puede crecer de formas distintas, separándose hasta olvidar su origen común. Otras veces, dos ideas diferentes nacen destinadas, como plantas, a buscar un mismo sol. Y cuando dos plantas se acercan, se abrazan y crecen juntas. Puede llegar un punto en el que ni siquiera se pueda distinguir a simple vista qué partes pertenecen a cada una. Tal vez eso sea lo que nos ha ocurrido a nosotros.


Y crecieron juntas.


Hay un anciano que en sus tardes de hastío revela a quien le quiera escuchar los secretos de la Puerta de Ramos de la Catedral Nueva. Si le escuchas, te contará que una de las figuras, un diablillo socarrón que observa al visitante mientras come helado, no es otra cosa sino el símbolo de la actitud del estudiante de Salamanca. Ese espíritu que cabalga entre el hambre de conocimiento y la picaresca de la juventud, sin detenerse jamás, solo dispuesto a vivir. Ya lo dijo Espronceda: que hasta en nuestros crímenes mismos, en nuestra impiedad y altiveza, ponemos sello de grandeza quienes estudiamos en Salamanca.


Y se hicieron una.


De esto es de lo que nacemos nosotros: cAnayita. Un espacio que recoge nuestra esencia y una ínfima parte de lo que es el espíritu estudiantil de la ciudad, lo que nos identifica como grupo. Buscamos la expresión de nuestros mundos, la victoria sobre nuestros demonios, la redención de nuestros pecados. No perseguimos el aplauso del gran público, solo la complicidad de nuestro lector.


Y vieron la luz del sol.


Tal vez esto sea el destino. Tal vez Fortuna, en su tímida amabilidad, nos haya tendido una mano, suave y sincera, uniendo así veinte almas distanciadas por el espacio, pero envueltas en un mismo tiempo. Impasible, Cronos nos impulsa sonriendo,buscando implantar en nuestra mente un profundo “Carpe diem” que nos lleve a soñar, a cumplir nuestras metas, a volar sobre un oscuro mar de tinta negra a lomos de la pluma de nuestra imaginación.

Tormenta en la calle, de pronto se hace el silencio y baja el telón. Un estallido de aplausos se apodera de estas cuatro paredes. Ella, ilusionada, esboza una sonrisa; Ella, oculta en cada verso, muestra su orgullo al observar, una vez más, a una joven generación; rebelde, distinta, con su propia visión del mundo. Ella, oculta en nuestro aliento, en cada bocanada de ilusión. Ella, siempre en esencia, Esperanza.


(Por un tiempo mejor)



En Caballerizas, a 15 de marzo de 2013


(Idibus Martiis, Veneris dies.)


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